lunes, 8 de junio de 2015

Gloria y honor a 'La Novena' 20150608

Cuando los semiorugas M-3 de la 9ª Compañía de la División Leclerc avanzaban hacia la Porte d'Italie para acceder al centro de París, aquellos españoles que disparaban sus browning sobre los reductos alemanes soñaban con repetir un día la misma escena en cualquier ciudad de su patria sojuzgada. Tomando al asalto los edificios oficiales y rodeando el cuartel general nazi, imaginaban el regreso a casa, a caballo de sus blindados, curtidos en mil batallas. Recibirían los besos de las muchachas, las palmadas de los viejos, los abrazos de las madres, los saludos de sus camaradas resistentes. Se abrirían ante ellos las barricadas levantadas poco antes en el primer acto de la liberación, y las entusiasmadas muchedumbres les acogerían entre vítores, bosques de puños cerrados en las plazas, máuseres alzados en el aire, niños jugando a los soldados, el sabor del vino en las gargantas, el metálico rechinar de los blindados, el repiqueteo de las bandas de munición del 30. Eran La Novena, sus vehículos tenían nombres propios que recordaban viejas batallas (bueno, uno de ellos se llamaba España Cañí), y llevaban bordada en las guerreras la bandera tricolor, la suya: rojo, amarillo, morado. Atravesaron los bulevares acallando a los últimos francotiradores enemigos, y pensaron: será igual cuando reconquistemos Madrid y Barcelona y Zaragoza y...

No supusieron entonces, el 24 de agosto de 1944, que de nuevo serían traicionados, que las llamadas potencias democráticas exceptuarían a España de la victoria sobre el fascismo, que deberían quedarse en Francia para siempre, que su gesta (no solo París, antes Eccouché y después Andelot o Estrasburgo) adquiriría caracteres legendarios y, como auténtica leyenda, terminaría envuelta en la niebla de la Historia oficial (la de Francia y la de España). Por supuesto, aquellos republicanos no podían ni suponer que un día serían homenajeados con todos los honores por un nuevo Rey de España (¡un Rey!) cuando ya sólo quedasen vivos dos de ellos, tan ancianos que ni siquiera podrían asistir al solemne acto para gritar por fin, y en español, ¡Viva la República! 

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