martes, 31 de diciembre de 2013

Mal año... Pero no el peor 20131231

Tienen ustedes razón, lo reconozco: no se puede estar todo el día haciendo de Casandra, profetizando desdichas y rumiando la hierba del pesimismo. Si no existe cosa más boba e irreal que sumarse a ese optimismo artificial y oficioso que nos impele a ser optimistas contra todas las evidencias, tampoco tiene sentido empeñarse en proclamar que el 2013 (un año para olvidar, sin duda) ha sido el peor de nuestras vidas. Eso es exagerar.

Mis primeros recuerdos infantiles se ubican a finales de los años cincuenta y el inicio de los Sesenta. Aquello si que fue, objetivamente, malo-malo. Criminal. España en blanco y negro: Amanecer en puerta oscura, Plácido, El verdugo, semanas santas moradas, tricornios en las carreteras, uniformes, Tiempo de silencio. Tampoco los Setenta fueron precisamente gloriosos: incertidumbre, plomo, sangre, terrorismo, ruido de sables y una crisis económica de órdago. Pero luego, reconozcámoslo, el panorama fue apañándose. Y durante un cuarto de siglo, de 1982 al 2007 esto empezó a coger color. Las expectativas de mejora cobraron un impulso inédito. España, pudo ofrecer a sus habitantes una calidad de vida como no se había visto en siglos. Luego hemos sabido que en todo ello había no poca mentira. Pero incluso caídos hoy del guindo, aún vivimos en un país por encima de muchos otros.

Se elucubra a veces sobre la supuesta maldición que persigue a España y a sus gentes. Bueno... La nuestra es una maldición menor comparada con la que ha perseguido a la mayoría de los africanos, latinoamericanos y asiáticos. Y a los rusos, que son europeos. Y a griegos e italianos. Repasen si quieren la historia de Prusia-Alemania en los últimos cien años. Tampoco es gloria precisamente.

No se me amarguen. Muchas miserias del 2013 vienen de atrás, sólo que han eclosionado ahora. Ánimo y que les vaya bien en el 2014. Reparen no obstante en que, si logran (logramos) tal objetivo, no será porque lo augure el presidente del Gobierno, mentiroso compulsivo, sino porque la voluntad de muchos ha de valer más que los egoístas intereses de unos pocos. 

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